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domingo, diciembre 26, 2010

Rebelión del Fuego



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Relato fotográfico inspirado en Foto "La Tierra del Hombre Íntegro" del fotógrafo español Rafael Turnes de colección "Con los pies en la tierra", tomadas en 1998 en: Costa de Marfil, Ghana y Burkina Faso.
Escrito en 2002 para concurso de Escuela De Escritores, Madrid, España.
Este relato quedó finalista en esta primera convocatoria a este tipo de relatos, en mayo 2002.
Mayores detalles: http://www.escueladeescritores.com/relato-fotografico-2002
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Cuando le dijeron a Bitina que quemarían a su padre al amanecer, y que acompañaría a su madre a buscar leña para encender la hoguera, no supo qué decir, pero la acompañó de buena gana.
Eran más de las once de la noche cuando salieron hacia el bosque de manglares, localizado a unas dos horas de la aldea, justo al lado de la laguna de la muerte.
Su padre la había llevado allí varias veces para que lo ayudase a recoger y cargar la leña, y nunca había puesto caso al nombre de la laguna hasta que le preguntó en alguna ocasión, hacía un año aproximadamente.
-¿Por qué le dicen así?
-Porque hay gente que ha visto la muerte reflejada en sus aguas.
-¿Y cómo es la muerte?
-Nadie lo sabe. Pero cuándo la vez la reconoces.
-Hay que ser grande para saber eso.
-No. Hay que ser adulto.
-¿Adulto y grande no es lo mismo?
-No. Pero en uno y otro caso también lo notas.
-Soy una niñita, ¿seré adulta cuando grande?
-Tal vez antes.
Quería mucho a su padre. Esa conversación había quedado en ella grabada profundamente. Por otro lado él no se expresaba muy claro. Y quizás la impresionó más el misterio de sus repuestas, que aunque esperaba algún día descifrar, consideraba que a sus seis años, le faltaba mucho.
Seguía a su madre que caminaba cabizbaja y arrastrando lentamente los pies rumbo al bosque mientras ella recordaba a su padre. La madre se detuvo, dio la vuelta, y le pidió que anduviera delante. Eso fue justamente frente a la laguna, que aunque invisible por la oscuridad, sentían que estaba a su derecha. No había luna. La fría humedad y el vaho a azufre fueron las señales. Pero también las ranas que croaban desde distintos puntos en la orilla y el sonido del movimiento de reptiles flotando sobre las aguas. En lontananza un graznido apagado de alguna lechuza cruzó a través de las paredes de la oscuridad.
Llegaron al bosque. La búsqueda de la leña se hacía muy agotadora y larga. Las lluvias, que habían estado cayendo desde hacía algunos días, impidió que encontraran leña seca.
-Una Humareda. Eso es lo que provoca esa leña húmeda, si es que arde. Nunca la escojas. Tómala seca, pálpala para sentir su sequedad. Si no está en esta zona, de seguro que al otro extremo del bosque hallarás, al cual por estar tan tupido, penetra menos el agua.
-Mamá, yo creo que esta leña no será apropiada.
No la escuchó. Seguía recogiendo entonando alguna canción lenta y guturalmente. Bitina se le acercó e insistió halándole la túnica talar que traía, entonces se detuvo y prestó atención apretando los labios. Entonces le informó que su padre le había explicado que la escogida por ella sólo produce humo, pero que sabía con seguridad adónde encontrar la apropiada. Accedió, y Bitina la guió brincando de forma simpática sobre sus pies descalzos, hacia el lugar decidido, con su vestido largo flotando como un fantasma en el oscuro bosque.
-El fuego sirve no sólo para guisar, o hacer armas. Tiene infinidad de propósitos. El fuego y el sol se parecen. Uno y otro nos hacen crecer hasta morir. El mismo fuego que a veces alimenta otras destruye, como el perro rabioso que quemaremos con esta leña.
Recordó esas palabras que le crearon una extraña sensación. Se reiteró varias veces que su padre ni era perro, y mucho menos rabioso. Los perros rabiosos escupían espuma, no sangre; como lo había estado haciendo su padre. Lo vio muy enfermo, extremadamente flaco, y con el estómago muy hundido. Nadie le había explicado qué pasaba. Todos se tapaban la boca, negaban con la cabeza y al entrar a la casa, no llegaban a su habitación. Esta mañana lo había visto a escondidas pues no la dejaban pasar, pero él tampoco la reconoció: su frente brillaba por el copioso sudor que le brotaba; no cerraba la boca, anhelando quizá algunas bocanadas de aire que no encontraba; movía su estómago como las gargantas de las ranas, y sus ojos estaban brotados mirando hacia ningún lado. Al salir de la habitación preguntó nuevamente a su madre qué le pasaba. Pero ella sólo respondía, con los ojos llorosos y acariciándola, que pronto estará bien, que estaba muy enfermo. Insistiendo en que no entrara nuevamente. Fue la última vez que lo vio, horas más tarde le dirían que acompañara a su madre al bosque.
Finalmente encontraron la leña, más bien yesca, con la que formaron dos pilas de tamaños y pesos diferentes. La madre tomó la mayor, y ambas regresaron con las pilas sobre sus cabezas.
Caminaban sobre el trillo de regreso a la aldea y amanecía. Bitina observó a su izquierda el sol envuelto en brumas que lo agigantaban, dorando todo a su alrededor, en la inmensa oscuridad del cielo. Luego miró hacia el bosque, de donde acababan de salir, pareciéndole un hoyo negro y hondo que le hizo apartar rápidamente la mirada.
Entonces fue cuando le llamó la atención el camino dorado que se extendía sobre la laguna y que conducía hasta el sol mismo.

El zarpazo de las olas

Publicado sin correcciones. Escrito quizás en 1998.

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I
Que olor a mangos, guanábana, vegetales. Alberto pasa rápido por el mercado. Mejor nos apuramos, antes de que me retrase nuevamente... y quien le dijo a ese idiota que tenia derecho a jugar mis actuaciones, y decírmelo además, como si no fuera suficiente con meterse en lo que no le importa.
Alberto camina con prisa, mirando de tiempo en tiempo su reloj. Ahora a cruzar este maldito río de carros, fíjate como se arremolinan en la esquina y el policía negro, con guantes blancos, parece un personaje pantomímico. El policía gesticula sus manos. Parece un pingüino manoteando, esos movimientos para que continúen, doblen, sigan, giren. Que incomodo. Mira ese tonto como va a cruzar a sus espaldas. De su silbato, que hace tanto ruido, parece que se desprende una sarta de insultos que, gracias que lo tiene en la boca. Alberto ve nuevamente el reloj. Hoy me despedirán, lo se. Me imagino a Beltran: ‘Alberto, acaso crees que debemos tolerarte tanto, y tu terco y rebelde, actúas como te da la gana y sin mesura...’ Bah!
La vía por la cual camina Alberto, es altamente transitada, y caminada. Hormiguea gente a su alrededor, choca en contra de el, a su espalda, de su lado izquierdo, a su lado derecho, lo chocan, lo empuja. Tan pronto tenga dinero comprare aunque sea un motorcito. Que fastidio, no puedo caminar por la acera, ni por la calle, la guagua esta llena, los carros llenos de pasajeros con las cabezas afuera, o parte de los brazos, que repugnante. Y después quieren que uno se comporte civilizadamente...
II
Maribel lee ‘Flores en el Atico’ de V.C.Andrews. Suena el timbre. Se levanta y ve el retrato de Nicolás sobre el gavetero, coloca el libro al frente, sobre el pañito que lo adorna y que tiene una elefante en miniatura, de bronce con el frente mirando hacia el espejo, la trompa en acción, la pierna delantera derecha ligeramente levantada y las orejas desplegadas en forma de abanico.
Se coloca las chancletas deslizando uno y otro pie dentro de ellas. Abre la puerta del cuarto a la vez que se despereza. Sale, gira sobre si en media vuelta y se encuentra de frente a la puerta de entrada; hecha de cristal tintado de ámbar, que permite ver solo desde dentro.
• Otra vez la loca neurótica esta!.
Abre la puerta de entrada.
• Excúseme doctora, ya sabe que no puedo dormir, vivo en completa inquietud y mi esposo nada de comprender...
• Pero Mirna, ya usted sabe que no es nada. Usted es como de la casa y no tiene por que sentirse así.
Mientras entra Mirna, las estrellas fuera titilan con entusiasmo y el viento frío y húmedo de la noche golpea el rostro de Maribel invadiendo el interior de la casa.
• Pasa, pasa Mirna...
• Doctora, necesito hablar, hablar. Nadie me entiende, nadie me comprende; por cierto y el doctor Pelegrin, donde esta?...
Mirna hace un movimiento pícaro con los ojos al hacer la pregunta, y a la vez se rasco la mejilla.-Hoy no esta de servicio, tuvo problemas familiares...
Maribel le muestra una silla, Mirna se sienta.
• Que problema tener familia eh!, cuantos hijos es que tiene?
• No, si no esta casado, ni tiene hijos. Es su madre que tiene achaques, de vejez. Usted sabe, cuando llegan a determinada edad quien las soporta?.
• Doctora!, cualquiera pensaría que me habla a mi...
• Imposible Mirna como va a ser?
-III-
El mar parece una gelatina revuelta. Sus olas chocan contra las rocas violentamente. La arena se levanta en torbellinos breves y ligeros. Un sol radiante bruñe el cuerpo de los turistas. En la distancia, viniendo desde el occidente una pareja, tomada de la mano, se acerca...
IV
• Nicolás, al fin llamas, estaba preocupada por ti, por que no me respondías, te llame al beeper, al celular, a tu casa y nada de localizarte!
...
• Que estabas donde?
...
• Quiero verte.
...
• Pero no comprendes que...
...
• Esta bien olvídalo. Sabes que hace un momento llego la vieja esa....
• Si, Mirna.
...
• Interesada en el doctor.
...
• Bueno, ya sabes, mucho venir a las 2 de la mañana, como si no tuviera nada que hacer. Pero, es su dinero, siempre que pague, que moleste lo que sea.
...
• No se, no se
....
• Que llegaste tarde a tu trabajo?
...
Suena el timbre.
...
• Nicolás, hablaremos luego.
...
Suena nuevamente el timbre.
...
• Cariño, te llamo en un rato. Un energúmeno toca la puerta. Adiós.
Suena otra vez.
V
• Alberto!, acaso crees que debemos tolerarte tanto, y tu terco y rebelde, actúas como te da la gana y sin mesura...!
Lo conozco tan bien que ni le contestare. Por que diablos todos te dicen lo que debes hacer.Supongo que sentimos necesidad de que nos ordenen. Unos de obedecer. Otro que ni les ordenes ni quieren obedecer, otros... No se ni lo que digo, pero esto es un caos.
Alberto camina por el pasillo que conduce a su despacho. Se acerca Mario con un ojo que parece una semilla de zapote.
• Mario, que te paso en ese ojo que esta tan feo?
• Oh, andábamos mi novia y yo juntos, cuando un individuo se puso a hacerle muecas. Nunca me molesto por este tipo de cosas. Sin embargo el tipo comenzó a ofenderla diciendo cosas como ‘tan bella y con ese pelafustán’, etc. Y aun cuando soporte este tipo de burlas, no les hacia mayor caso porque el no me conoce. Pues, el tipo paso de burlas a agresiones físicas. Como consecuencia mi reacción no se hizo esperar y lo empuje diciéndole ‘seno, respete, no me conoce ni le conozco para tomar esas atribuciones’, creo que fui demasiado decente, pero con esa gente no se puede ser decente ni tolerante ni condescendiente. Se molesto. El se molesto!. Me tiro un golpe al ojo; este que ves. Yo perdí el control, lo agarre por los pelos y le golpee la cara una, dos, tres, cuatro veces. Lo levante y deje caer, intento defenderse e incluso me pateo mas de nada de valió, era tarde para el y para mi que estaba arrebatado e iracundo. En el suelo, me puse a horcajadas sobre su estomago y continúe golpeándolo hasta que nos separaron...
• Bien hecho Mario, así aprenderán...
• Ahora siento mucho haberlo golpeado...
• Bueno, la culpa fue de el. tal vez quería quitarse el aburrimiento contigo y veo que fuiste tu quien se lo quito. Andaban tantos locos sueltos, y si no me crees, toma el periódico. ‘Juancito mata hermano por negarle fósforo’, ‘Hijo mata a padre porque le dijo feo’, etc. Este es un mundo de locos, y el exceso de información negativa funciona como los dardos tirados a ojo de buey sobre la gente.
• Ah Alberto, siempre tan gracioso...
• Es lo mas que podemos hacer, tomar las cosas en broma. Sino reventamos.
VI
• Que te paso niña.
• Estabamos en el bar de Anselmo, cuando de repente se aparece esta con mi marido. Esa hija de ... Mire doctora, yo no supe de mi y me levante como empujada por un resorte hacia ella. La golpee fuerte agarrándola por los monos malos esos y le hamaquee la cabeza contra el suelo tantas veces como pude. Esa perra ya sabrá el marido de quien quitar.
• Y que edad tienes -pregunta Maribel.
• Diecisiete anos-responde.
• Si eres apenas una niña. Mira a que te ha conducido pelear por hombres. No vale la pena. Mucho amor, mucho cariño y total, cuando se cansan te ignoran, como si no existieras.
• Eso no me pasa a mi doctora. yo se que el me quiere, pero esa se aprovecho de que estaba borracho.
• Si es así, por que no esta el aquí.
(Silencio)
Maribel en ese momento le anestesio los alrededores de la cortadura. Una rajadura sobre la ceja izquierda, de dos o tres milímetros de profundidad por dos centímetros de largo. Luego, inicio la cosida.
• Ay No! -dijo la jovenzuela- duele mucho, doctora...
VI
Ya se fue la maldita luz nuevamente! Déjame prender la vela. Mientras mas nos acostumbramos, mas nos joden.
• Rápido mami, la chuleta se quema!
• Que se va a quemar! Tráeme la lampara, o que crees, que tengo los ojos de gato.
• Aquí esta, aquí esta, toma...- se aleja inmediatamente, no sin antes percibir el olor frito de la chuleta, que en hirviente aceite se deja abrasar.
Suena el teléfono... suena otra vez.
• Tomen ese teléfono!- se dirige hacia el. Tropieza con el perro, el cual ladra de dolor- Maldito perro, siempre en el medio.
Toma el teléfono.
• Si, buenas noches!
VII
Al fin, llego a mi casa, pero como siempre sin luz.
Toma las escaleras.
Uno, dos, tres, cuatro. Tener que subir y bajar diariamente. Tomar vehículo publico, caminar, llegar al trabajo. Acostarme. Quien resiste esta rutina. Mejor me hago el indiferente.
La luz zigzagueante de algo que parece una linterna se mueve en la oscuridad. Se oyen murmullos que chocan contra los oídos de Alberto; al doblar para tomar el otro pasillo, se acercan los vecinos del quinto piso. el esposo con traje de calle y ella con un vestido negro largo. Intercambio de saludos.-Adios
• Adiós
Tanto saludo. No nos hablamos, siguiera nos conocemos, bah...! Insisto en que lo mejor es ser indiferente: lo ves todo, lo oyes todo, lo sientes todo, pero cállate. Nadie pide tu opinión, aunque te afecte, y si la das, ahí están los líos.
VIII
Una gigantesca garra blanca da un zarpazo agresivo a la pareja que camina sobre las rocas, en la costa. No llega a alcanzarlos, se transforma en espuma y se escurre de las rocas de vuelta al mar.
• !Créeme querido Nicolás, lo que esta ocurriendo actualmente es aterrante! Solo esta semana nos ha ocurrido todo esto, y los problemas parece que aumenta...
• Si cariño, pero lo que tenemos es que andar con la guardia arriba. Y por favor Maribel, no vuelvas a decirme Nicolás. Ya sabes que no me gusta.
• Mi amor, es que esa barbita me recuerda a San Nicolás. Bueno, esta bien, Alberto...
• Sabes cariño, a veces creo que nada es como parece, sino como hay miles de explicaciones a cada cosa que nos ocurre, que solo el tiempo se encarga de aclararnos. Lo demás es pura especulación, hasta que tomemos nuestra decisión.
El la besa, ella responde al beso.
En su trayecto hacia el este, y viéndolos desde occidente se aprecian sus siluetas, que absorben los anaranjados y candentes rayos, de un sol, que en su nacimiento parece renovarse. El mar, con movimiento enervado, prosigue dando zarposas a las rocas, tratando de desgarrarlas violentamente.
Las largas cabelleras de las palmas son peinadas por el viento y la arena se levanta en torbellinos breves y ligeros…

Espumas dispersas...

Publicado sin correcciones. Creo que escrito en el 2002, un vecino que murió a orillas de mar.

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Espumas Dispersas
Manuel avanzó con paso incrédulo hacia la orilla. Lo buscó bajo la llovizna que caía suavemente sobre su cuerpo y perdiéndolo de vista reconoció los lentes de bisagras roídas que descansaban sobre las rocas erosionadas. Con ellos en la mano se quedó mirando hacia el mar cuyas olas se estrellaban violentas mojándole el rostro, que intentó secarse sin conseguirlo. Asimismo tratando de escurrir agua de su pelo ensortijado se peinó con su mano, dio la vuelta y regresó al taxi alejándose nuevamente y vacilando si informar a la policía.
Lo había recogido hacía aproximadamente una hora, frente a una editora periodística, ubicada en la zona norte de Santo Domingo. Eran las cinco de la tarde y estaba nublado. Esperando que abordara, observó por el espejo retrovisor, adherido a su puerta derecha, cómo se acercaba lenta y torpemente como si estuviera tropezando y abría con dificultad la puerta. Un peatón que pasaba, preocupado, trató de ayudarle a entrar, pero este lo rechazó ignorándolo, ayudándose a sí mismo a introducir sus piernas, agarrándolas por las rodillas hasta acomodarse.
-¿Dónde? – preguntó Manuel.
- A la gran avenida que navega junto al mar, escenario de la libertad.
¡Qué ocurrente!, se dijo.
-¿Donde mataron al Jefe? - le siguió el juego.
El pasajero no respondió de inmediato. Frunció el ceño y miró por unos segundos al taxista, sin que este lo advirtiera, a través del espejo retrovisor que colgaba como los binoculares de un telescopio sostenido del techo y precisó:
- No, donde termina la vida de Lincoln en nuestra ciudad.
A seguidas sus ojos se encontraron en el espejo. Manuel observaba los ojos exaltados del pasajero, aunque atribuyó esta impresión al fuerte aumento de las lentes con marcos oscuros y anchos, cuyas bisagras estaban arregladas torpemente con un alambre dorado y corroído.
Lo vio manotear ambos bolsillos de la chaqueta a cuadros que vestía hasta que sacó un sobre que rasgó y del cual extrajo un manuscrito. De sus labios surgió un murmullo que al que estaba atento Manuel: “Mi querido Nicolás, cómo te sientes...”. Este sonido se tornó gutural, cuando Nicolás reparó en la mirada curiosa del taxista.
Al leer la carta de su esposa, residente en Nueva Cork, Nicolás se preguntaba qué había provocado esta demora de información en casi dos meses. Nada usual pues siempre se mantenían en contacto a veces por la vía telefónica, otras por cartas. A pesar de no verla, ni tampoco a los hijos, desde hacía cinco años. Se enteró cómo uno de sus hijos terminaba el período escolar; el otro se graduaba de high school y la más grande egresaba del college investida de Médico. Precisamente hoy 24 de junio, según lo informado en la comunicación sería la graduación. La carta tenía fecha del 2 de mayo. El taxista le oyó murmurar, ahora de forma inteligible: “Maldito servicio de correos...”.
Dobló la carta, la reintrodujo en el sobre y la colocó en el mismo bolsillo. Se movió con dificultad al centro del asiento al sentir las gotas de lluvia que penetraban por el cristal. Buscó como subirlo, y el taxista le pasó un manubrio que intentó insertar en el engranaje correspondiente, pero se le cayó y no intentó recogerlo. Frunció el ceño y miró hacia la calle a través del parabrisa.
-No sabemos adónde iremos a parar. Leí en la prensa que alguien tomó ácido de batería y tuvo una muerte espantosa.
Aunque miró misteriosamente a Nicolás, Manuel asintió y dijo:
-Sí. Debió ser una muerte horrible, violenta y asquerosa.
Al responder pronunció lentamente cada una de las palabras mientras lo veía por el retrovisor deteniendo antes el vehículo por la congestión del tránsito Observó cómo el agente de tránsito se desenvolvía, en sustitución del semáforo sin energía: vestido de verde cañaveral, con un sombrero verde cotorra, tipo vaquero; con guantes blancos de mimo que se movían rápidamente con movimientos hipnóticos indicando a unos conductores que avancen, a otros que paren; y tratando, sin mucho éxito, de desmadejar el lío hecho por todos los conductores pasando al mismo tiempo.
-Aún así mucha gente lo utiliza. Supongo que por su efectividad. Creo que si me entraran ganas de terminar con mi vida me volaría la cabeza, o no sé, algo que sea instantáneo… porque dígame Ud. ¿Por qué agregar una agonía espantosa a la muerte, si uno lo que quiere es terminar rápidamente con tantos sufrimientos?
Parecía que el agente controlaba ya la situación y el tránsito comenzaba a descongestionarse.
-Si se me permitiera una opinión, diría que mucha gente toma esa decisión para no prolongar el lío mental que se hace cuando pierde el control. Y creo, ¡Dios me libre de algo así! --hizo la señal de la cruz-- que buscan soluciones tan horribles a su vida, utilizando por ejemplo el ácido de batería, tal vez luego de haberlo intentado sin éxito por otras vías. Para mí, una persona que no se ha podido suicidar, y lo ha intentado varias veces, lo hace aposta, realmente no quiere morir.
Cuando miró por el retrovisor vio al pasajero cabizbajo mostrando su opaca y morena calva sobre la que se distinguía una cicatriz, larga como un ciempiés, además de unos hilillos plateados que poblaban escasamente el entorno de sus orejas. A seguidas lo vio levantar la cabeza, con intenciones de hablar por sus labios carnosos y estrujados. El bigote en forma de brocha, cenizo, ancho y tupido, parecía estar sostenido por la nariz ancha y bola.
-No debería Ud. hablar así.
Nicolás se quedó meditando qué decir. Un nudo se formó en su garganta que le impidió continuar. Pensó cómo este impertinente sin saberlo había tocado un fibra muy vulnerable de su ser. Sí, lo había intentado ya dos veces y se perdió en los desafortunados recuerdos de esos fracasos.
La primera vez fue con veneno para ratas. Hacía cuatro años, pero un familiar que le daba vueltas frecuentes, llegó a tiempo para impedirlo. Al verlo convulsionando lo llevó a la emergencia de un hospital cercano y lo salvaron, con la ayuda de algunos vecinos, que luego creyeron haberlo salvado.
Dos años después se arrojó al vacío desde su apartamento, ubicado en un sexto piso, y sólo se lesionó una costilla. Había tomado la precaución de atarse un televisor a su pierna con una cuerda antes de arrojarlo a través de las persianas de su habitación, sin las celosías, que había quitado previamente, y sobre cuyo dintel se paró temerariamente esperando ser arrastrado a la muerte. En vez de caer libre y pesadamente estrellándose contra el pavimento, cayó sobre el techo de su propio vehículo que lo salvó. En su inconsciencia le pareció escuchar, a los parroquianos que lo asistieron, que si la caída hubiera sido accidental, de seguro habría muerto, luego escucharía estas expresiones susurradas reiteradamente en sus oídos, sin poder hacer nada para evitarlo.
Cada fracaso en sus intentos le costó un tratamiento psiquiátrico, que en lugar de mejorarlo, lo empeoraba y deprimían aún más. Lo obligaban a depender de terceros, se sentía impotente y drogado. Sacó un medicamento a base de litio, que miró con intenciones de destapar, pero que arrojó por la ventana. Dio un vistazo fuera y observó una valla apostada en la esquina, donde se iniciaba la construcción de una plaza comercial. Debajo de ella, cerca del contén, observó tirado entre la basura acumulada un bloque de cemento.
El taxista por su parte miraba detenido cómo el tránsito mejoraba y esperaba ansioso que el agente le diera paso, ya que estaban cerca de su destino. Salió de su ensimismamiento al notar que arrojó algo por la ventana.
-Señor, con todo el respeto que me merece, no debería lanzar cosas por la ventana. ¡Mire qué ciudad más asquerosa! –levanta el dedo y lo gira apuntando alrededor-- ¡por eso es que no salimos del subdesarrollo!. Lo mejor es que luego vamos a otros países y somos residentes ejemplares, respetamos las leyes, aprendemos sus idiomas y nos adaptamos rápidamente; porque a los que no ya sabemos lo que les pasa: cárcel o deportaciones. Pero aquí cada cual ensucia la ciudad y espera que el estado se encargue del asunto. Ese mal es de familia, mal criados como somos. A mis niños les digo que mantengan sus habitaciones arregladas, que hagan sus esfuerzos, aún cuando tengan alguien que lo haga por ellos. No se les puede hacer la vida tan fácil. Aquí cada quien hace lo que le viene en ganas. Yo mismo tenía esa costumbre... –el pasajero abre la puerta, y dejándola abierta sale torpemente--- ¡Hey… si quiere salir, debe pagarme…! ¿qué hace?.
Nicolás manoteó en el aire, indicándole que esperase. El taxista pensó que su indignación surtió el efecto que buscaba y el señor recogería lo que arrojó por la ventana. Se sintió satisfecho, pensó que al llamar la atención a un señor de edad avanzada, que a pesar de parecer bebido o quizá loco, parecía distinguido en su porte, había puesto un granito de arena para mejorar esta sociedad. No obstante, para asegurarse que era esto y no una burla, colocó su mano en el manubrio para abrir la puerta, dispuesto a salir con un bate de béisbol que llevaba debajo del asiento, y que en caso de que lo quisiera cubear, lo persuadiría a pagar lo debido por el servicio.
Minutos más tarde observó que aunque regresaba, no lo hacía con el misterioso objeto que lanzó a la calle, sino con un bloque de cemento, que agregaba torpeza a sus pasos y que traía con mucho esfuerzo hacia el carro.
Mientras caminaba en dirección al taxi, Nicolás pensaba en la carta no recibida oportunamente y en la vida relativamente feliz de sus hijos y esposa, cuando eran una verdadera familia. Esta última se había negado a regresar junto a él, cinco años antes de vuelta a Santo Domingo.
-He decidido que regresemos a Santo Domingo. Acá en Nueva York hemos logrado el American Dream. Nuestra carrera ha sido exitosa, pero temo por nuestros hijos, que la violencia, las drogas y vicios que rondan por doquier, los agarre y convierta en inútiles. Necesitamos darle una costumbre más tradicional. Ya tenemos unos ahorros que nos garantizan una buena vida, hemos adquirido algunas propiedades, además, en Santo Domingo la educación es más económica. Creo que viviremos bien y además, en nuestro país, pues este nunca lo será…
Ella lo escuchaba incrédula mientras miraba apenada la venda que cubría la herida en su cabeza, que de seguro provocó esta reacción que ella definió de alocada propuesta. No lo dejó terminar.
-¿Recomenzar nuestra vida en Santo Domingo? Cómo puedes pensar en esa opción, ya tenemos diez años aquí y como dices triunfamos, logramos sí, “el sueño americano”. Y eso, que no resultó fácil, a pesar de la mala vida que tuvimos por tantos años cuidando viejos, fregando platos, trabajando en factorías por miserables salarios. Esa vida azarosa y mezquina de emigrantes. Ahora después de construir juntos nuestro mundo quieres regresar a ese país de pobreza, faltas de instituciones donde ni educación existe, y no tienes servicios básicos estables y garantizados ni teniendo los pesos en el bolsillo para pagarlos. Pero aún con ese peso, ¿crees que por esos chelitos ahorrados y propiedades que dan renta viviremos mejor? A pesar de los vicios, la violencia e inseguridad, aquí me siento mejor. Esa parte de esta dura vida, que siempre ha estado aunque nunca habíamos sufrimos en carne propia hasta ahora, no es motivo para partir. Nuestros niños se beneficiarán en mejor grado aquí… no, no estoy de acuerdo: yo y los niños nos quedamos.
Nicolás le restó importancia, se recostó, cerró sus ojos y esperó un tiempo a que se calmara. Ya habían tenido una discusión parecida cuando vivían en Santo Domingo y le comunicaba sus planes de migración a Nueva York, él primero, para establecerse; ella y los niños para reunirse posteriormente. Entonces los tres niños tenían 8, 3 y 2 años de edad. Así que marchó con su maleta llena de sueños e ilusiones a la metrópolis más pujante de su tiempo: dos años después cumplió sus planes y los trajo. Como periodista logró una buena posición representando al periódico dominicano Duarte del cual era director.
Nunca imaginó que el peligro estuviera tan de cerca. No olvidaba aquella noche maldita, causante de la precipitación de su decisión y de la herida más profunda jamás infligida a su ser: el mejor amigo de su hijo lo atrajo cerca del building donde vivía, a un callejón oscuro y húmedo, gimiendo, fingiendo haber sido atacado. Al llegar en su ayuda, preocupado, el maldito se incorporó, llamó a sus amigotes miembros de una ganga de drogadictos, vándalos de la calle y para evitar que escapara lo hirió con una navaja, lo pateó y le habló en forma brutal. Nunca lo denunció. Temió por su vida, la de sus hijos, su familia. Cómo olvidarlo. Le dolió tan profundamente, que la herida aún le palpita al recordarlo. Comprendió que hay cosas que el tiempo es incapaz de borrar.
Un motivo: si se lo hubiera dicho a su esposa esa verdad, sino hubiera callado, quizás lo habría comprendido y estaría ahora aquí, con él. Nunca lo hizo. Cinco años después sabe por cartas que su hijo se va bien y se acaba graduaba, con honores del High School, y su universidad garantizada gracias a una beca por sus grandes dotes como pitcher abridor en el equipo de béisbol. Ahora reconocía que nadie sabe lo que la fortuna tiene reservado a los hombres, y que a pesar de la aparente indiferencia, crudeza o suavidad con que sentimos, sólo el tiempo tiene la última palabra al revelar sus designios. Su hijo le manifestó los peligros que había corrido con el amigo, apenas un año antes, y se había liberado gracias a haberle escuchado. En esa confesión le informó cómo habían enviado al joven sicario, antes su amigo, de regreso a Santo Domingo maquillado, y listo para ser velado, tras una balacera donde resultó muerto por la policía neoyorquina.
Se quedó esperando a su familia. Pasó un año. Dos años. Soportaba mal tal indiferencia, entonces fue cuando comprendió que no tenía opción. Tres años solo. Ya no los vería nuevamente. Sólo, en su apartamento, ya no tenía metas porqué luchar, ni el calor que necesitaba para vivir. Cuatro años. Cinco años. Como aquél que oculto en una habitación, donde no entra el sol, y donde reina la humedad, se enfría y enmohece poco a poco, así su cuerpo se resentía por esa falta de calor y la indiferencia de quienes ansiaba al menos sus visitas. Entonces pensó, si lo tenía postrado a esta soledad, que la mejor solución era el suicidio.
Se reintrodujo en el taxi, entrando primero el bloque, y no sin esfuerzo, se sentó y ayudó a sus piernas a acomodarse. Manuel, aliviado lo observó entrar y soltando el bate, le preguntó:
-¿Para qué quiere ese bloque amigo?
-No es de su incumbencia, le pago por un servicio. Ud. habla demasiado. Limítese a llevarme dónde le indiqué y luego haga lo que le venga en gana.
Se hizo un largo silencio, Manuel no esperaba ese insulto, pero lo aceptó. Se lo merecía. Quizás por esa misma causa renunció a su antiguo trabajo. Hacía un par de años se había hecho profesional con los honores más altos de su promoción. Al principio no consiguió trabajo, siempre se preguntó para qué requería este país de profesionales si no conseguirían dónde ejercer y demostrar su competencia, pero tampoco se creaban oportunidades para permitirle desarrollar una empresa propia. En ese entonces se empleó por un sueldo de bracero, sueldo que ahora paga él a su doméstica, gracias a este oficio. Ni él ni su esposa paraban en casa. Hambriento de un empleo digno, no aceptó la cátedra universitaria, a pesar de que lo habían llamado para impartirla. Nunca se lamentó. Siempre se preguntó qué habría aportado a sus alumnos, si no tenía la experiencia para agregar valor por cima de unos libros de texto, cuya memorización no era suficiente. No duró mucho en ese empleo donde se sintió superior a sus supervisores, pues esto sus soluciones no se reconocían ni en los ingresos, ni en el interés de ayudarlo a progresar.
Fue entonces que decidió incursionar como taxista. Al principio la sintió como una ocupación humillante. Le tocó prestar servicios a algunos de sus amigos y compañeros de estudios, egresados en la misma promoción, a quien siempre honraron. Sin embargo, este sentimiento de inferioridad, lo afectó por poco tiempo. Era su propio empleador, y el dinero era bueno. Pensó que sus actuaciones no tenían consecuencia en nadie, le era indiferente a quién prestaba servicios, quién entraba o salía, adónde los llevaba o qué hacían, siempre y cuando lo respetaran.
Pensaba que podía aguantar este modo de vida en lo que terminaran los trámites de residencia en New York. Se había casado con una joven con quien se sentía feliz y satisfecho, era profesional e hija de padres americanos. Con ella procreó un par de lindos niños de tres y un años. Soñaba con New York, encontraré buenas oportunidades se decía, sé inglés, una profesión, no será difícil. Lamentaba tener que partir, hubiera preferido aplicar sus conocimientos y triunfar en su terruño natal. Se motivaba continuamente diciéndose que no estaba mal lo de taxista, mientras tanto. Un empleo de poco capital y dónde no son necesarias ni la cortesía, ni la amabilidad. Pocos le dirigían la palabra y eso estaba bien con él. Cada quién en lo suyo. El tiempo le dio la razón.
Sin embargo, algo magnético lo obligaba a intervenir, pensó: “este cliente es diferente”. Le costaba trabajo ignorar su misteriosa conducta. Aunque al principio lo pensó, advirtió que no estaba borracho, y no respiraba alcohol. Pero decidió no entrometerse, realmente no le importaba, ya pronto lo dejaría y continuaría su rutina diaria.
Con alivio, observó que por fin avanzaban bajo el manoteo histérico del agente de tránsito, que sostenía con su mano derecha, como una represa que detenía el caudal de un río, el tránsito del otro extremo, mientras con la izquierda parecía remar en contra de la corriente del río ya desbordado y fuera de control. Y finalmente, como en un bote, Manuel pasó justo a su lado, cuando ya se disponía a levantar la mano para represar la corriente sobre la cual ya se alejaba flotando en pos de su destino.
Nicolás se quitó con dificultad la correa de sus pantalones y la enroscó en sí misma a través de la hebilla, formando una argolla por donde metió su muñeca. Luego ató el otro extremo al pesado bloque de cemento, mientras el taxi se acercaba al malecón, donde concluía la Av. Abraham Lincoln.
Allí, pidió al taxista que parara y le pagó con un billete por el doble de lo cobrado sin esperar la vuelta. Se escuchaba el tamborileo suave y persistente dentro de la cabina del taxi. Así que Manuel, observando cómo la suave lluvia caía impertinente pensó que hubiera sido mejor dejarlo en otro lugar para que se guareciera. Se ahorró otro boche. No se atrevió a opinar. Recapacitó diciéndose que mientras más rápido saliera de este pasajero, mejor.
Se quedó presentando el cambio en la mano, ignorado por Nicolás que salía con su bloque. Así que dispuesto a partir, luego del señor salir y cerrar la puerta, aceleró lentamente, pero curioso por la actitud sospechosa que advirtió. En la medida en que se alejaba observó cómo, bajo la lluvia, que comenzaba a tamborilear fuerte en su techo, caminaba torpemente entre tropiezos cargando con la mano derecha el pesado bloque que lo mantenía ladeado, y se fijó particularmente en la correa que lo ataba al brazo. Un escalofrío le corrió por la espalda, y sospechando que algo terrible ocurriría decidió dar reversa. Lo vio dar una zancada para rebasar los bancos en forma de “m” que se repetían infinitamente prolongándose por toda la avenida, que servía de frontera entre los acantilados y la acera. Se parqueó. Salió del carro. Corrió hacia el acantilado a impedir lo peor. Entonces, mientras el resplandor del sol se ocultaba tras una masa algodonada de contrastes grises, vio a Nicolás por última vez en la orilla de los acantilados, con el bloque sostenido sobre su cabeza. En ese momento una ola gigantesca chocó contra las rocas y una gran neblina de espumas dispersas lo ocultó. FIN. Junio 2002.

La Sorpresa Insufrible

Publicado sin correcciones. Escrito no sé cuando, quizás en 1997?
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- I -
La mañana está soleada y ricamente perfumada por las emanaciones del viento. Los pajarillos trinan con vigor a la vez que vuelan jugueteando de rama en rama, de nube en nube, de nido en nido. El día está agitado, es lunes, inicio de la faena semanal.
El tráfico en la calle está convulso, carros privados pasan con velocidad, guaguas y vehículos públicos van abarrotadas y parecen explotar. Los peatones caminan con ritmo distinto; unos con prisa por el tardío despertar, otros lentos pues acaban de llegar. Dentro de los lentos están otros que no saben donde van. Caminan, caminan, caminan; pero ¿hacia dónde?, quién sabrá. Es el caso de Rodolfo, que camina por las calles sin conocer su sima. Se le ve rumorar algo desde lejos. Unos jóvenes de esos cuya obligación les permite sentarse en una esquina a contar los carros que pasan, exhalar su negros y polutos humos, escuchar el estertóreo sonido del escape; uno de esos jóvenes, Luis por cierto, escucha el ligero murmullo de Rodolfo al pasar:
- ¿Qué día es hoy? - murmura Rodolfo. Caminaba por la acera. Su rostro maduro chupado por el tiempo, flaco y demacrado daba muestras de haber pertenecido, ya hace algún tiempo, a un hombre decidido, fuerte y bien parecido. Su piel india, el pelo blanco como las nubes o la espuma del mar caribeño, aumentaba la apariencia de anciano que mostraba su rostro, su frente olas en mar picado. Los ojos, muy abiertos y expresivos, como aquellos de los que sufren y mantienen la esperanza de tiempos mejores. Con labios trémulos, convulsos, acompañados por una voz quejumbrosa y evocando grandes sufrimientos preguntó nuevamente al aire como preguntando al tiempo -¡¿qué día es?, carajo!.
Doblaba en ese momento la esquina donde se encontraba Luis sentado, éste le responde, pensando que es a él a quien pregunta:
- Lunes - y agrega - no ve qué agitado está el día, amigo-. Luis se queda esperando una respuesta. El viejo parece absorto en sus pensamientos, cavila profundamente; vuelve a preguntar como ignorando haber escuchado - ¿Qué día es?.
- ¡Óigame, no le dije que era lunes! -, repitió Luis con fuerza pensando que el señor no había escuchado. Al ver lo extraño del rostro del señor, salta desde muro dónde estaba sentado y le pregunta - ¿Qué le pasa señor?.
En ese momento pasa un motorista, generando su motor un estridente sonido, que sacó de su ensimismamiento a Rodolfo.
- ¿Cómo dice? - pregunta Rodolfo, moviéndose bruscamente como si hubiera despertado.
- Bueno - responde Luis -, usted estaba preguntando qué día era, yo le respondí, pero parece que no oyó porque le dije nuevamente y continuó igual, fue entonces cuando pasó uno de esos malditos motoristas que con su ruido rompen los oídos a cualquiera y parece que lo despertó.
- Ah, mi hijo - continuó caminando Rodolfo mientras hablaba -, dicen que el tiempo todo lo repara, pero no sé que ha pasado en mi caso. Por momentos caigo en grandes cloacas de las cuales no salgo si no es con fuertes estímulos-. Rodolfo se acerca en su lento caminar a un banco donde se sienta. Luis que le acompaña se sienta a su lado escuchando atentamente.
- Yo no estoy bien - bajando la voz y acercándose al oído de Luis dice - soy loco-.
Luis abre los ojos, se le dibuja una ligera sonrisa en los labios y le pregunta: - ¿cómo es eso?
Rodolfo hizo un profundo silencio, que contrastaba con el gran ruido de la avenida.
Al frente del banco donde estaban sentados había un gran supermercado, uno de los más grandes. Era la esquina, a la izquierda de donde estaban sentados Rodolfo y Luis, la intersección de dos grandes avenidas. Los semáforos cambiaban con prisa sus poderosos colores, bocinazos se oían con fuerza, al no lograr en la oportunidad que les da, los vehículos pasar. En la espera que indica el rojo aparecen los mendigos haciendo gala de sus triste suerte: uno sin brazos, untado su cuerpo con yodo, con la camisa desabotonada mostrando con cara patético orgullo su fortuna; una señora mostrando cómo la piel se despega internamente formando figuras externas, que cuelgan como naranjas o mangos de su accidentada piel; otro señor sin piernas, desnudas éstas y mostradas ufanamente; parias en sentido general cuya ¡ACTUACION PARECE LA REPRESENTACION DE UN CIRCO! Otros jóvenes se dedican a la venta de flores, libros, perros, verduras; otros a la limpieza de vidrios, en fin hay de todo tipo de especies humanas y buhoneros, cuyas vidas dependen de cómo generar más ganancias a través de la compasión que generen unos, de la necesidad que tenga el conductor de llevar lo que venden otros. - Hoy creo que se cumplen varios años, tal vez cinco o seis, de mi desgracia, años éstos que no han sido fácil y tampoco lo serán - dijo Rodolfo con rostro compungido, sufrido y melancólico.
Comenzó su relato con voz estridente para superar el ruido del tráfico y también para disimular su sufrimiento.
 Escúchame con atención, pues no creo que algo como esto haya pasado aún, ni podrá pasar... - Rodolfo dijo sin terminar sus melancólicas palabras, bajando ligeramente la cabeza, como buscando en su oscuro y enmarañado armario donde ha colgado seguramente todos sus recuerdos.
- II -

La historia que Rodolfo cuenta a Luis es esta:
Luisa era el nombre de su esposa. Era blanca, de rostro pálido y bello. Su cara ovalada, la nariz fina aunque levemente encorvada - le había dicho ella que recibió un fuerte golpe por una caída en el pasado-. Ojos marrones como el color de la caoba, amplios, expresivos, rodeados de ojeras no muy oscuras. Su pelo rubio y largo caía en torrente como un salto cuyas aguas han sido ennegrecidas por el caudal y cuyo fulgor refleja el brillo del sol. La frente, sin arrugas y plana, mostraba la tranquilidad de personas devotas.
Se esmeraba para mostrar el esplendor y las habilidades culinarias que había casi olvidado. Olvidadas por los problemas económicos, por el giro que da la vida al bajar de estratos sociales como consecuencia de dar pasos, que al momento parecen acertados pero que el tiempo se encarga de desfigurar y mostrar como realmente son, pues fueron camuflageados, y engañaron. Decisiones que suponemos resolverían nuestros problemas por algún tiempo. Solucionan estas decisiones, si acertamos al tomarlas. Acertar... ¿es acaso tan difícil?. Tal vez no, tal vez sí. Depende del clima que circunda, de las opciones que tenemos o de las perspectivas que muestra la vida. Vivimos de decisiones, hablan continuamente libros cuyos propósitos son aumentar nuestra confianza, incentivar nuestra empresa, exacerbar nuestra alma y embriagarnos con el optimismo que desprenden. Se dan tantas razones, tantos criterios, y aparenta tan fácil el seguirlos. ¡...sé amigo de todos!, ¡...no tengas problemas con nadie!, ¡...manténte firme!, ¡...no hagas caso al que ofende!, ¡...muestra la otra mejilla!: todos pensamientos antihumanos. Y, dichos por un momento...
- Es el día de aniversario de ambos. ¿ Por qué no hacer más ligera nuestra pena y preparar una rica cena?, - pensó Luisa con el rostro alegre, risueño y de amante feliz.
La cena esta lista, son las siete, y Rodolfo aún no llega. Usualmente a las cinco está en casa leyendo los periódicos, observando el televisor o terminando algún trabajo en su computadora.
- III -

La vida de trabajo es dura, mas a Rodolfo le gustaba su trabajo. Se hizo técnico en programación de computadoras y hasta un momento la fortuna le había sonreído. Había dedicado mucho tiempo a su trabajo en una compañía de seguros. La iniciativa con que se manejaba había permitido la proyección de sus ideas, mostraba más conocimientos que sus superiores y otros que por ser profesionales se sentían con más derecho de escalar posiciones en la organización, personas jóvenes pero de pensamientos viejos y anticuados; celosos de sus puestos, que observándolo de manera adversa trataban de truncar sus sueños de joven inteligente y soñador.
Su tez era exótica y atractiva, común entre los hindúes. Ojos marrones claros, como el color de las pencas de palmeras. Ensimismado, taciturno, bien parecido, rebelde e inteligente. Flaco y larguirucho, de porte desgarbado, frente ceñuda y orejas pequeñas. Su pelo castaño oscuro, maltratado y ensortijado como los de personas que disfrutan frecuentemente de los baños de nuestro caribe mar.
Su pensamiento era que la fortuna dio la victoria a sus detractores y envidiosos compañeros. Creyéndose él, en confianza comenzó a manifestar sus sentimientos en contra de los malos sueldos, problemas de la empresa y desagrado con las malas decisiones tomadas por el jefe ausente en la reunión. ¡Ah sorpresa!, siempre existe aquel cuyos intereses y objetivos en la vida van acompañados de las apariencias. Apariencias, que según él, buscan conquistar con malas intenciones la confianza y el amor de las personas, conocer lo suficiente de ellas, disfrutar de venturas y desventuras, para luego alzarse llenos de sabiduría en contra de a quienes ofrecían su amistad. ¡Qué vergüenza, qué apestosos son ...!. Le repugnaba y pensaba que la sabiduría no puede estar en manos de todos, sólo personas nobles deben poseerla, sólo ellas pueden darle un uso más altruista, humanista y menos egoísta. Por escalar posiciones de manera rápida, rompen las reglas éticas, preparando zancadillas, trampas, inyectando el veneno de sus almas negras y cual erizos blancos que se mantienen con paciencia ascética, sobre la arena y bajo las saladas aguas del mar esperan el momento oportuno en que la víctima se acerque y al dar un paso cerca de ellos, hacerle daño, aguijonearlo, hacerles probar el amargo sabor del dolor. Chismes, adulaciones, apariencias nobles, !ah, cuánta hipocresía en el mundo!: su corazón ardía de rencor, estallaba de impaciencia, estaba frustrado, aletargado, aburrido...
Víctima de esos erizos blancos perdió el trabajo en el que había puesto tanto esfuerzo, y ahora, como obrero en construcción su rostro se transfiguró de fuerte y vehemente a neurótico y trémulo. Pero su fortaleza se encontraba en su confianza en sí mismo. Tan pronto la perdió, se dejó caer en el fango del destino. Problemas, problemas, problemas más problemas. De un sueldo acomodado a uno miserable, es la misma historia. Destruido en los albores de su juventud, por la semilla maligna de sus envidiosos condiscípulos. Se había casado, la felicidad y bonanza le habían llegado juntas. De la misma manera se fueron esos tiempos benignos llenos de amigos, fiestas, eventos sociales, viajes, hoteles, conferencias, cenas teatros. Pero se mantuvo altivo el espíritu de una mujer que supo aceptar ese fracaso, que incentivo y redujo la pena hasta el máximo. El se sentía orgulloso pero a la vez avergonzado. No se sentía digno de una mujer tan brava, amable y valiente, que había soportado con aire constricto y circunspecto los vientos huracanados del fracaso, del cual él era tan culpable como aquellos erizos. Sí, culpable, el se culpaba y culpaba a otros, quien le invitó, pensaba, a permitir que la profundidad de sus pensamientos fluyeran de sus labios con la rebeldía de un adolescente atolondrado; quién le dijo que el mundo era de un sólo color o de dos o tres, ¿acaso colores sólo hay blanco y negro; acaso todos los días son despejados o todas las noches tachonadas de estrellas; es posible que la ingenuidad se presente en personas que saben o por lo menos sospechan la necesidad de fuerzas para soportar la espuela del gallo de la envidia?.
¡Basura, todo es basura!; apariencias, conocimientos, pasión desenfrenada por la amistad, libertad, ¡bah!. Nosotros trillamos nuestro futuro, lo que sembramos cosechamos, se decía constantemente, torturándose; lo que soñamos con esperanzas de cumplir se tiene que convertir en metas por las que tenemos que luchar con vehemencia y arrojo; si no lo hacemos, caeremos víctimas de las circunstancias pues para vencer se necesita ser fuertes, cuando no tengamos las fuerzas suficientes para seguir adelante, cuando cerramos nuestro ojo avizor, seremos destruidos.
Por más amable que se sea, por más galante, buena gente, siempre tendremos enemigos, águilas dispuestas a cegarnos sin consideraciones. Vale más demostrarles nuestras fuerzas que ceder humildes y temerosos a las de ellos, intentémoslo pues es mejor decir mañana por los menos luché por mi verdad, que decir debí luchar. ¡Nada personal, esto es asunto de negocios!, ¿por qué ellos tienen derecho a usar todas las armas y nosotros no?, acaso porque somos más capacitados, más profesionales, no puedo ponerme a su nivel, bueno, pues si tienes nivel utilízalo, para que no sucumbas a sus redes, que seguramente preparan teniendo en cuenta la actitud pacifista que tendrás. Somos amigos mientras tus intereses no choquen contra los míos. Ahí te mostraré mis uñas, mis dientes, mis golpes, por la espalda por el frente, espéralo, manténte a la ofensiva. Defiendo mi verdad como defiendo mis hijos, pues ésta es tan hija mía como lo es un gen.

- IV -

Rodolfo sale como de costumbre de su trabajo, que lo deja muerto, digitar documentos durante todo un día. Los esfuerzos que tiene que hacer por mantener su rapidez lo dejan anonadado, semejan los del obrero taladrando diariamente. Salía con sus compañeros de trabajo a las cinco.
Hoy lograron establecer un "récord" de digitación y los jefes aparte de invitarles a compartir un rato en uno de los "happy hours", les incentivaron con buena paga. Todos alegres, canearon, gozaron, se entretuvieron, agradeciendo a los jefes sus atenciones. No hay nada que incentive más al hombre que el que reconozcan el esfuerzo y la calidad del trabajo que desarrolló y, por eso, el que los jefes brindaran junto a ellos, compartiendo el éxito alcanzado los enorgullecía, exacerbaba sus espíritus. El baile, la música, todo aumentaba el entusiasmo y les hacía disfrutar. Rodolfo raras veces compartía y salía de su ensimismado carácter, pero la ocasión de hacerse partícipe de semejante agasajo se presentó y decidió unirse.
Su pensamiento ya más maduro y menos atolondrado se transportaba por las olas tenebrosas de la mente, las cuales ayudadas por las brisas de la pena lo abstraían lejos del lugar físico donde se encontraba. Estaba allí pero en cuerpo, su mente divagaba lejos, el brillo de su pensamiento conservaba la sombra de muchos años antes. ¿Por qué no olvidar, es tan profunda la pena que nos atormenta, que no podamos arroparla con la sábana del olvido?, tal vez su mente era débil, no se sentía bien, accedió a tomar una vaso de "cuba libre", terminando ése y le brindaron otro y otro, hasta que cedió a la relajante situación provocada por el alcohol: ¡la ebriedad se encargó del resto!.
- V -

Luisa dormía sentada y con su cabeza sobre la mesa, utilizando sus brazos cruzados como almohadas. La mesa estaba aún puesta y las velas, que sostenían los candelabros, apenas tenían mechas. Su pelo rubio alborotado la cubría.
Había servido sobre la mesa, una botella de vino tinto, gustaba mucho de los vinos, con copas tipo flauta. En verdad se había esmerado para celebrar el acontecimiento tan vilmente olvidado. En el centro de la mesa puré de papas, bellamente arreglado, adornado con ajíes rojos cortados con finura y delicadeza, éstos servían de tinta a la leyenda del puré: "FELIZ ANIVERSARIO". La ensalada estaba hecha de pepinos, lechuga y remolacha. Dos lonjas de filete hechas con una salsa completamente roja, y aunque aparentaba haber exhalado el rico olor que caracteriza a los ricos manjares la verdad era que mantenían el bouquet. La cena cumplía con las tres cualidades principales de una buena comida: olor, color y seguramente sabor.
De repente alguien abre la puerta de manera descuidada y grosera. Ella despierta y levanta la cabeza con oídos atentos y ojos completamente abiertos. Ve la puerta abrir más y más. Alguien penetra dando tumbos. La penumbra en principio impedía el que se viera quién entraba, luego fue fácilmente reconocible. Era Rodolfo. No hacía intentos de disimular su embriaguez, más aparentaba hacer a propósito sus movimientos. Ella se levantó con paso decidido, lo embistió con una bofetada, luego otra y otra. El le agarró los brazos no entendiendo el porqué de su conducta. - ¿qué pasa, por que me tratas así? - dijo Rodolfo con la voz pastosa. Ella trató de soltarse, el la agarraba con fuerza. La imposibilidad de soltarse, la ira que la había poseído y el estado en que lo veía provocaron en ella el llanto angustiado de las personas que sufren.
¡Qué congoja!, la mujer, maltratada y desconsiderada; llena de sentimientos, desairada, traicionada. Ella había preparado con esmero, amor y dulzura un banquete, del cual no se pueden dar el lujo de gozar. Y él le recompensa apuñalando su orgullo, vanidad y abnegación con el puñal del olvido y, por encima de eso llegando tarde, borracho y en condiciones desastrosas.
- ¡Desgraciado, desconsiderado, aguafiestas, animal, bestia!-. Luisa le reprochaba con rabia, fiereza y ahogada en llanto. Sus ojos estaban desorbitados por la cólera. Cuando las penas se callan, no desaparecen, se acumulan y explotan por una simple gota. Ella sufrió mucho callada, era tiempo de mostrar que sufría, que no es de él únicamente la carga tan pesada que llevaban. Ella disfrutó los buenos tiempos, ahora son tiempos malos y también los sufre.
- ¡Tú bestia maldita no me amas, me hundes, pisoteas y amargas; intento ayudarte a reducir tus sufrimientos e intento aligerarte la carga de ese maldito fracaso que todavía exhibes como si fuera un trofeo, que reflejas en cada paso que das, cada vez que te bañas, comes, haces el amor, ¡Ja, haces el amor¡. No lo soporto, no puedo vivir mi vida al lado de un hombre cuyo fracaso lo obliga a vivir en el pasado. No disfruta de la vida tal cual se presenta. Que extorsiona mi vida con su pena; y yo, estúpida, me compadezco ante la suya, intento soportar la carga y no logro motivar el cambio. Ahí llega la ingratitud de los hombres. Si te hubiera tratado con la punta del pie, reprochando los errores cometidos y atacando tus actitudes de frustrado, de muerto en vida, de apalastrado social y alienado, seguramente ya habrías salido del letargo en que vives. Miserable. (El la suelta, y cae al piso) Crees acaso que la vida te cierra las puertas por los fracasos, al contrario, te crea el problema para que encuentres la solución. Pero en estos períodos de crisis es que se moldea la personalidad del hombre, al momento de decidir es que se muestra la actitud del hombre hacia los problemas. Te has dejado ahogar en las aguas angustiosas del fracaso y no has nadado a salir de ellas. No has visto hacia delante, al horizonte, no sabes acaso que todo día tiene sus días y sus noches, que detrás de cada día viene la noche, que la noche acaba ante la aurora!.- Ella ya suelta y ahogada en llantos se fue a su habitación.
El se había quedado atónito, no se podía mantener de pies con el empujar y halar de ella al tratar de zafarse. Al fin la soltó y cayó de cuclillas, casi en posición yoga. La escucha a la vez que se ponía las manos en los oídos. Ella había mantenido todo ese rencor por mucho tiempo esperando un cambio de actitud en él mas el ignoraba, porque creía que la pena era sólo de él.
La puerta de la habitación no tenía llave, pero no intentó entrar, estaba confuso, aturdido, no se explicaba que haber disfrutado un momentos con sus amigos traería tantos inconvenientes.
Con el ceño fruncido y la mirada interrogadora se levantó y con disgusto, desdén y rebeldía abrió la puerta. Estrelló la puerta al salir diciendo: - ¿quién comprende a las mujeres?.
- VI -

Sentía la necesidad de salir a airearse, había quedado aturdido, por esa recibida. Las estrellas tintineaban en la oscuridad, que solas brillaban en el firmamento. No había luna. Estaba muy fresca la noche. Ni un alma en la calle: eran las cuatro. Los establecimientos todos cerrados. Todo era silencio, sólo el murmullo de los grillos y el croar de una que otra rana se escuchaba.
Caminaba dando tumbos hacia el parque. Allí tal vez lo aturdida de su mente encontraría el sosiego que necesitaba para analizar su situación. Se sentó. Intentó explicarse, la extraña conducta que mostró su mujer.
En su rostro se dibujaba una sonrisa tonta y burlona, la misma que tienen los que abusan del alcohol. Manoteaba de manera poco coordinada a la vez que mueve hacia atrás y delante su cabeza. Movía su boca y hacía muecas descontroladas como si estuviera hablando con alguien. Parecía un loco.
- ¿Qué diablos le habrá dado a esa mujer? ¿por qué me ha hablado así?.- Escucha sonidos y gritos de personas en lontananza, se mantiene sereno, aparenta estar más calmado por lo que su análisis comienza a ser racional. - Yo me pregunto, ¿habré olvidado algo, qué de especial tiene esta noche?; me parece que su mal se debe a algo que le irritó mucho, pues no me dado por la herida que ella sabe está tan voluble sin motivo. ¡Quizá es cierto lo que ella dice, soy un pusilánime, un frustrado!, pero que puedo hacer para remediarlo.
Me he dejado absorber por mis temores y me he esclavizado ante ellos, he mostrado cuán débil soy. Pero si intento levantarme de que serviría - comenzó a ofuscarse -. Mis esperanzas menguan a medida que existo, sin posibilidades busco mejores trabajos, toco la puerta a quienes creía amigos. Deudas, problemas, ¡ah que situación la mía!, ¿acaso tendré que disfrazarme con una máscara y asaltar un banco?, no, no estoy tan desesperado. Bueno, por lo menos saldría de la pusilanimidad en que me encuentro-.
Vio el celaje de tres personas que corrían, huyendo de prisa y, pensó con desdén que tal vez eran ladrones; luego continuó cavilando. - ¡Tengo que saber ¿qué pasó, porqué me habló así?; voy hacia allá! - se levantó y caminó menos tambaleante, su pensamiento se había aclarado.

- VII -

Luego de abandonar el vestíbulo y gritar duramente a Rodolfo, corrió a su habitación. Cerró la puerta. Se tiró iracunda en la cama. Lloró desconsoladamente. No sabía por que ese arrebato o lo sabía, sabía que estaba harta de soportar esa cara triste y sin esperanzas, cansada de su pusilanimidad, cansada de la dulzura casi empalagosa con que lo trataba.
- ¡Ay de mí!, cómo he sido tan cruel con él (pensó a la vez que enjugaba sus lágrimas, oyó el sonido de la puerta, supuso que Rodolfo salió molesto), pero tal vez era mejor, era necesario dejar fluir lo que tanto me atormenta, ahora me siento culpable por hablarle tan hirientemente, pero se le pasará-.
A medida que pensaba bajaba su irritado estado emocional. Se sentía mucho mejor. Sentía que había hecho bien. Que la carga que tanto tiempo llevaba era necesario descargarla. Que tratarlo con dulzura y amabilidad sólo lo había mantenido en ese estado.
De repente voces, murmullos, interrumpió su pensamiento. En principio pensó que era Rodolfo, luego se estremeció ante la posibilidad de que fueran ladrones. La habitación no había manera de asegurarla. A través de las persianas entraba el aire fresco de la noche, las estrellas parpadeaban y barruntaban el peligro. El corazón comenzó a latir estertoreamente. El llavín se movía. Alguien abría la puerta delicadamente. Ella no podía permitir que entraran. En lo turbado de su mente alcanzó a ver
un bate. Rodolfo siempre lo guardaba en su habitación previendo esos casos. Lo agarró. Se paró detrás de la puerta. Veía como se abría despacio y lentamente, como si trataran de evitar un posible sonido de las bisagras. Alguien asomó su rostro por la abertura entre la puerta y el umbral. Al no ver a nadie acostado, entró en la habitación. Ella escuchaba el susurro provocado por movimientos de pasos quedos en la sala. El comenzó a abrir gavetas aparente calmada pero desordenada, ya aliviado por la certidumbre de que no había nadie en casa. No había mucho que tomar, algunos aretes, anillos, pulseras de escaso valor. Satisfecho en su búsqueda, giró hacia la puerta y se fue recibido con un fuerte batazo en la cabeza. Quedó estupefacto. Gritó fuerte. El dolor era intenso. Ella intentó golpearlo de nuevo. Pero el no lo permitió. Bloqueó el bate, la agarró y comenzó a golpearla convulsiva y despiadadamente. Comenzó a bofetearla, darle fuertes puñetazos, halarle el pelo con fuerza. Entraron sus compañeros y entre todos comenzó el estupro cruel y malvado de los desgraciados rateros, que aprovechando la ocasión humillaron, desgarraron. Ella intentaba gritar pero uno de ellos le tapó la boca con la mano y luego la amordazaron. La fuerza que había gastado, la crisis en que había caído la había llevado a un histerismo inenarrable. Ellos la mantenían acostada boca abajo, las rodillas en el suelo, encontraban gozo y deleite en su acción. La agredían con violencia mostrando con cobardía la
superioridad de la fuerza ante la racionalidad humana, traspasando los límites de la frontera, donde no existe razón y el instinto del animal salvaje trasciende la crueldad y rudeza. Alguien toca a la puerta: a escuchado algo. Los cacos suspenden la aberración, asumen posición de alerta. Buscan otra salida de la casa, entran a la cocina, abren la puerta, que estaba cerrada con cerrojos, y escapan.
EPILOGO

Rodolfo se acerca a la casa, venía cabizbajo y dando tumbos. Oye gritos. Levanta la cabeza. Ve un gentío aglomerado en la puerta de su casa. Se pregunta que pasará. Su corazón se acelera. La adrenalina le fluye y se le encrespan los nervios. Presiente lo peor. Se acerca a la casa corriendo, se cuela entre el gentío y entra. Busca desesperadamente a Luisa en la habitación, entra. Se quedó mudo al ver el cuadro cruel que presentaba ella, tirada sobre la cama, manchada de sangre, el cabello desordenado, la cabeza ladeada y con los ojos horrosamente desorbitados. La pena fue honda, se acercó a ella con cara sombría, temerosa, incrédula. Sólo una hora antes la había visto altiva, rebelde; ahora yace sobre la cama con los labios cárdenos, el rostro ensangrentado y fuertemente moreteado.
No pronunció una palabra. No brotó una lágrima. Sólo se acercó a la cama, se arrodilló y puso su cabeza sobre la espalda de ella. Minutos después se levantó, con los ojos abiertos como dos monedas, como lo abren los psicópatas; salió de la habitación con paso lento y parsimonioso. Salió de la habitación. Caminó con paso indeciso, como si no supiera que hacer. Vio la mesa puesta y al observarla notó la leyenda de uno de los platos que había sobre ella: "FELIZ ANIVERSARIO". Frunció el ceño y balbuceando sólo dijo ¿Qué día es hoy?.

El desperdicio, in memoriam Lincoln Batista.

Este fue escrito quizás en 1993. Murió un amigo de los días de universidad, muy triste.

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El Desperdicio
In memoriam al ingeniero
Lincoln Batista Dotel...

En una casa de clase media, una tarde cualquiera, sucede que un joven toca a la puerta con insistencia. La tarde está cediendo al anochecer. A través de los cristales de la ventana penetran los tenues rayos del ocaso, confundido su color entre amarillo, rojo y naranja. Las sombras de los árboles en la calle presentan figuras monstruosas, que alargadas y movidas por el viento caluroso danzan areítos lúgubres.
La pensión de doña Luisa está tranquila. Los golpes pausados de su bastón predicen su entrada a la sala. Su cuerpo está encorvado por el paso del tiempo y las ocupaciones caseras a que ha sido sometido. Un pañuelo de nylon blanco cubre su pelo encanecido del que se escapan hebras desordenadas. El rostro arrugado muestra estrías profundas aunque iluminado por sus grises ojos siempre brillantes por el sombrío humor en que se encuentra. Los labios, al abrir la temblorosa boca, arropan los pocos dientes que en ella se descubren.
Suena el timbre de la puerta de entrada pero nadie responde; doña Luisa se encuentra ya observando las telenovelas y al oírlo espera inútilmente a que la doméstica abra.
- ¡Margarita, Margarita, abre la puerta! - gritó doña Luisa desesperada ya por el timbre a la doméstica.
Momentos después se dirige a la puerta convencida de que es la única en la casa en ese momento: la abre.
- Saludos - dice a un joven que es quien toca la puerta. - ¿En qué podemos servirle?.- Buenas tardes doña - con respeto le responde a doña Luisa. - Mi nombre es Marcos Hilario. Ando en busca de una habitación donde alojarme. He buscado en los clasificados y encontré que en esta casa hay una vacante. ¿Lo está aún?.
- Entre jovencito... - balbucea la anciana a la vez que lo dirige hacia la puerta -, sí en efecto aquí alquilamos habitaciones... si hubiera venido ayer no la encontraría... sí.
La sala donde conduce doña Luisa a Marcos tiene en una de la esquina izquierda un televisor prendido. Cuando ella entra toma el aparato de control remoto y lo apaga, con el mismo control enciende el equipo de música. De inmediato se ilumina la sala con dulces sonidos de violín acompañados por el chelo que entra por momentos dando gravedad a la obra interpretada.
Ya la noche se dejaba sentir. La señora mueve los brazos mostrando el sofá que está en el fondo, a la derecha del televisor, detrás de éste unas cortinas rodadizas color limoncillo, abiertas en su división central, permiten ver un pequeño jardín. El joven se sienta en el sofá. Doña Luisa hace lo propio en su sillón ortopédico, ubicado en el centro de la sala y dispuesto oblicuamente, enfrentando el televisor. Luego de sentada, manipula un teclado en el asiento y el sillón se mueve hacia el sofá donde está sentado Marcos.
Las plantas ornamentales, verdes, brillantes y bien cuidadas, se encuentran en cada esquina de la cómoda sala, dándole una sensación de agradable paz y armonía. Serigrafías y cuadros de Guillo Pérez y Cándido Bidó adornaban las paredes. Marcos notó todos estos detalles y por momentos deseó ardientemente gozar del privilegio que constituía ser inquilino de esa casa donde se conjugaban todos los factores del buen gusto.
- La habitación por la que se puso el anuncio está ya ocupada - dice doña Luis -, pero por una "tragedia" de la vida se desocupó otra.
El decir la palabra tragedia con un dejo de tristeza y nostalgia impresionó a Marcos, que notó cómo entristeció y adquirió un carácter sombrío el rostro, y cómo los vivaces ojos grises de la señora se empequeñecieron.
- ¿Tragedia? - interrogó el joven con curiosidad y esperando una respuesta más clara.
- Sí mi hijo... - respondió doña Luisa con toda la intención de dar una explicación a Marcos. - Hace alrededor de 6 meses tocó la puerta un joven como tú con intenciones de alquilar una habitación.
- Mostraba - continuó - un trato ¡tan alegre y lleno de vida...! - se quedó un momento pensativa, con los ojos hacia arriba y tornados ligeramente hacia la izquierda, como se hace cuando se intenta recordar algo. - Este joven era muy cortés, amable, fino y delicado. Parecía un "gentleman". Su piel era como el color de la canela. Era de Barahona y desde el primer momento me pareció de buena familia, como él mismo confirmó tiempo después. Había llegado a Santo Domingo hacía alrededor de seis años a estudiar en una de nuestras universidades. Había terminado la ingeniería industrial hacía un año y trabajaba, en ese momento, en CODINA como coordinador de control de calidad, era un trabajo temporal. Abrahám era su nombre. Cuando el tiempo del puesto terminó, un mes después de haber decidido su hospedaje aquí, se dedicó a buscar empleo en otros lugares, inclusive en el mismo CODINA ya que pagaban muy bien y era un excelente ambiente de trabajo.
Marcos estaba entretenido escuchando a la muy locuaz y dulce señora, evocaba a su abuela, a quien tanto quería, cuando le contaba historias con gran fruición y empeño. También había sido hechizado con la palabra "tragedia" y por ello no interponía obstáculos en la historia que contaba la señora.
- Abrahám - proseguía la señora - no tenía malos gustos, frecuentaba el teatro y el cine, y acudía con frecuencia a exposiciones de arte. Tenía amigos inseparables, con ellos salía o jugaba "rominó", como le llamaba al juego de dominó teniendo como bebida principal el ron. De vez en cuando viajaba a Miami o Puerto Rico. Le gustaba la independencia personal y el estar lejos de su familia, a la cual visitaba mensualmente; no aparentaba tener problemas personales. Muy por el contrario, cuando compraba algo venía sonriente y diciendo: "mire lo que con mi esfuerzo he conseguido". Era muy locuaz, simpático y entretenido: todos le queríamos. Utilizaba unas expresiones jocosísimas - la señora sonríe con tristeza y melancolía -, por ejemplo cuando estaba aburrido aquí en la casa decía, levantándose enérgicamente del sofá, en el que gustaba sentarse a ver los videos que alquilaba, decía: "me voy a podrir si me quedo aquí, tengo que buscar una víctima con quien salir a distraerme" y llamaba a alguno de sus amigos, quienes las más de las veces accedían a salir. Venían a buscarlo y lo traían tarde de la noche. Eso sí, ¡bebía y fumaba muchísimo!, pero no parecían estos vicios afectarle.
La doméstica en ese momento entraba a la casa pidiendo excusas por haber ido "al colmado de la esquina a comprar algo". Doña Luisa la miró enojada, no respondiendo a sus excusas, y le ordenó traer un jugo para Marcos. Fuese la joven a cumplir sus órdenes. Doña Luisa la perseguía con vista fulgurante, achinando los ojos. Luego se calmó, respiró hondo y prosiguió su relato.
- ¿Sabes lo que pasó hace alrededor de un mes? - pausó un momento frunciendo el ceño, levantando los brazos y moviendo la cabeza hacia el techo. - La alegría, que era como su sombra y con la que se cubría la casa, comenzó a menguar en su oscuro y bello rostro canela; los amigos, a quienes llamaba "para no podrirse", dejó de llamarlos; las diligencias para emplearse, las abandonó; sus gustos por el teatro, el cine y el arte, como por brujería, tal vez haya habido algo de eso - susurró en secreto, mirando antes hacia los lados -, desapareció. En sus buenos tiempos se levantaba a las seis de la mañana a montar su "mountain bike" que tanto le gustaba; en su crisis se levantaba después de la nueve, salía de sus habitaciones en pijama y desgreñado, y exigía su desayuno. La comida que aquí servimos a los inquilinos es estrictamente a una hora, pero dado el caso del gran cariño que sentíamos por él, hicimos una excepción y se le servía sin mayores complicaciones.
La música que dejaban escapar las bocinas del radio se hizo más pesada. Era un poema sinfónico de carácter nostálgico, sombrío y melancólico; que antes que exacerbar el espíritu, causaba cierto estupor. Un chelo se oía con violencia, un contrabajo continuo e insistente, acompañados por el rumor tedioso de los tambores, que hacían vibrar las bocinas. Los violines se ejecutaban con lentitud, un "adagio lentíssimo" dirían los musicólogos. Marcos relacionaba las palabras de la doña con esa música y el corazón le palpitaba acelerando su adrenalina y presagiando el significado de la exorcistica palabra "tragedia".
La doméstica se acercó con dos copas, a través de las cuales se percibía el amarillo extracto de las naranjas. Primeramente sirvió a Marcos acercándole la bandeja; él tomó la copa así como también una servilleta sobre la cual estaba. Margarita se acercó luego a la doña, que la observaba con mal disimulado enojo. En la espalda del sillón, había un librero donde se observaban, aparte de grandes clásicos de la literatura universal, finas porcelanas y miniaturas; delante del librero había una escalerilla y en el lado derecho de ésta, una mesa-bandeja. En la mesita que servía de centro a la sala y que separaba a Marcos, que estaba en el sofá, del sillón donde estaba sentada doña Luisa, Margarita dejó la bandeja; se dirigió luego a mover la mesa-bandeja de manera que quedara colocada a la derecha del sillón donde estaba sentada la anciana. Siguiendo a esta acción, Margarita tomó la bandeja nuevamente y la dejó sobre la mesa-bandeja. Todo esto lo hizo con impresionante rapidez y desenvoltura, aunque apreciábasele un ligero temblor en las manos, a seguidas se fue de la sala. La señora atrajo la mesa-bandeja hacia sí con movimiento parsimónico, de manera que la bandeja quedara sobre sus piernas, tomó su copa y unas pastillas que habían también en la mesa; a cada trago se tomaba una pastilla hasta agotarlas. Cuando hubo terminado, al que Marcos bautizó como "el rictus medicinal", movió la mesa-bandeja a su posición y continuó su relato.
Intentó reanudar su monólogo, pero frunció interrogante el ceño, preguntándose donde lo había dejado. Marcos mostraba actitud de querer ayudarla, pero ella rechazó el gesto con un movimiento de las manos que indicaba haber recordado.
- ¿Tú sabes lo que pienso? - dijo interrogante pero sin esperar respuesta, y prosiguió con la seguridad en lo que iba a decir, basada en sus años y conocimientos -, no fue culpa de él esa actitud, sino de la sociedad. Tantos anuncios en la televisión: "¡para sentir el placer de la vida fume un cigarrillo marca de tal!", "¡haga éste viaje con su familia a éste país", "¡beba ron añejo tal!", "¡regale esto!", "¡coma aquello!", "¡vista de esta manera!", "¡calce sus pies con estos zapatos!", etc. Toda una serie de anuncios que nos quieren marcar una pauta y un estilo de vida; los fantasiosos se dejan llevar de tanta propaganda. El quiso ser independiente, viniendo de una buena familia es normal que se deje llevar por la vanidad de la opulencia dado su nivel de vida. Consigue un empleíto temporalmente, donde, por casualidad, duró más del tiempo convenido llegando casi al año. Le pagan bien, se entusiasma con el trabajo. Puede costearse sus gustos que tanto anuncian y se siente realizado. Se dejó influir por ésta maldita sociedad consumista - respira hondamente, sorbe un trago del jugo, que aún queda en la copa, y prosigue -. Los amigos se le unen, todos se cuenta sus éxitos. Tienen una especie de ingenua competencia. Pero, ¿qué pasa cuando pierde el empleo?. Nada, todavía el tiempo, el cual como gota de agua sobre una superficie a la que martilla con paciencia e insistencia sabiendo o aún no sabiendo sus consecuencias, no había mellado el carácter del joven. El se siente desplazado sin saberlo y sólo responde mentalmente "no importa, ya volveré a trabajar y me pondré a la altura de mis amigos", creyendo que los trabajos están esperando, en esta época de crisis, donde las empresas lo que buscan es trabajar con la menor cantidad de empleados posible, y antes que contratarlos, prefieren despedirlos.
- Un joven que estuviera viviendo con su familia - continúa -tal vez pudiera soportar todas esas decepciones con estoicismo, pero él estaba solo en Santo Domingo, su familia en Barahona, ambos, extremos de la isla. No estaba la madre que le pasara lo acariciara y consolara, el padre que le diera el consejo, los hermanos con quien compartir momentos que le evitaran caer en la depresión, palabra maldita que muchos dicen es de nuestro tiempo, sin embargo siempre la oí en labios de mi madre, que no era de nuestros tiempos, te lo aseguro. Sólo tenía a sus amigos, de los cuales se fue alejando porque sin ellos saberlo, enajenaban su alma con pensamientos nada relajantes.
Marcos mira hacia su reloj, moviendo sus ojos ligeramente hacia él, nota lo tarde que se ha hecho y hace una mueca con la boca. Son las 7:00 de la noche. Es noviembre y la noche comienza a las 5:00 de la tarde, a las 6:00 ya hay necesidad de prender las luces y a las 7:00 ya no se puede caminar sin foco en la profunda oscuridad de las noches sin luna, en una de cuyas noches estaba.
Doña Luisa nota el apuro del joven, pero está entusiasmada con los brillantes ojos con que es observada, y antes de que sea considerado aburrido su relato, se anima a darle pronto fin.
- ¡Si señor! - proseguía su relato -. Consumismo, falta de empleo, egoísmo, eso es nuestra sociedad. Los cardiólogos, siquiatras y sicólogos se están riendo con las muelas de atrás y sus manos deben estar gastadas de tanto frotar la una contra la otra. El tiempo del estrés, las depresiones, los problemas cardíacos por añadidura. Pues por todo esto mi hijo, un joven que se había ganado el cariño de todos a su alrededor cae en las negras fauces de la depresión - suspira hondo nuevamente -. Hace tres noches veíamos televisión, una magnífica película, para él una de las mejores de todos los tiempos "El Padrino". En la tarde fue a buscar esa cinta, cuando se sentía "podrío’", en los últimos tiempos, iba a la tienda de vídeo y traía buenos filmes. Telefonearon esa noche desde Barahona: era su madre. Tenía un espíritu tan triste esa noche; esa llamada pareció reanimarlo, pero pude oír que le decía a su madre que estaba desesperado, que no podía dormir y reconocía que eso no era normal en él, que "necesito un siquiatra", "me estoy volviendo loco", "no puedo más". Su madre parece que lo consolaba y seguramente lloraba porque él le suplicaba que no llorara por él, que no se lo merecía "un miserable como yo", "un despojo humano"... Doña Luisa pausó un momento, se le había hecho un nudo en la garganta, estaba roja, sus grises ojos mostrábanse acuosos y entristecidos; se puso la mano derecha, temblorosa, en la frente y así se mantuvo cabizbaja hasta reconfortarse.
Marcos la veía, ya impaciente porque no terminaba la intriga, ya indeciso pues no sabía como consolarla, ya cansado por estar tanto tiempo sentado, mas no hacía más que observarla con mirada patéticamente tierna.
- Luego de terminada la conversación con su madre se acercó nuevamente al televisor con rostro sombrío, triste y acongojado; los ojos rojos, por haber sido estrujados y las manos trémulas. No me salía ni una palabra consoladora, pues comprendía su pena; se me anudó la garganta, sentí ganas de llorar y me fui a mi habitación, en vez de ayudarlo. ¡Maldita decisión la mía! - gritó reprochándose - ¡Maldito el momento en que nos dejamos perder por las emociones! ¡Maldita sea...! - pausó como quince segundos -. Pero no lo hice, sino que me fui a mi habitación y lo dejé allí, solo con sus penas.
- Al otro día - agregó luego de hacer otra pausa - todo transcurre normalmente, excepto por el hecho de que Abrahám no es visto en la casa. Su radio-despertador se activaba a las 8:00 de la mañana y a las 12:00 del mediodía no había sido apagado aún. Telefonearon varias veces en la mañana. Margarita tocó a la puerta de su habitación, pero nadie respondía, por lo que asumió que no había nadie dentro. Sin embargo, el radio-despertador seguía encendido y él, siempre, lo apagaba al salir. A eso de las cinco de la tarde le pedía al nuevo inquilino, que tiene la habitación al lado de la de Abrahám, que intentase apagar el radio. El fue. Regresó sin color, con los ojos llenos de una expresión de horror, casi desorbitados, no podía pronunciar una palabra; tuvimos que sentarlo para que se calmara, luego nos explicó. El hecho estaba consumado: "Consumatum Est". Abrahám pendía ahorcado de la barra donde se cuelgan las camisas, dentro del closet. Dejó una carta en la que daba sus razones, ésta decía que se consideraba "un despojo humana", "un desecho social", "la consecuencia de los deshechos cloacales de la miseria", "que no tenía amigos", "que no tenía familia", etc...
Marcos advertía cómo a través de los poros, la señora transpiraba el dolor; cómo a través de los grises ojos, rodaban las lagrimas; cómo la cara se arrugaba haciéndose marcados surcos de pena y congoja. Está grandemente impresionado. En el radio se escuchaban armónicas melodías ejecutadas a piano, tal vez composiciones de Chopin, que aligeraban los entristecidos momentos junto a doña Luisa. Hizo un movimiento para acomodarse en el sofá, hizo gestos de que hablaría aunque mostraba por momentos vergüenza y dijo:
- Abuela - se levantó y pasó las manos por la encanecida cabeza de la señora, mientras se expresaba cariñosa y dulcemente -. Siento mucho todo lo ocurrido y agradezco su interés por enterarme. Creo que la decisión que tomó ese joven fue tonta, pues si sentía soledad, depresión y todas esas emociones que destemplan la más templada de las lamas, debió buscar ayuda o ir a su casa donde estoy seguro lo habrían acogido como todo hijo al que se quiere y como hermano al que se admira. No he visto la habitación, tampoco siento deseos de verla. Pero coincido con usted en que esta sociedad, a la que cabría mejor llamarla "suciedad", donde todos buscan triunfar no teniendo sentimientos con que consolar al otro. Los valores éticos y morales se pierden, pues el objetivo es llegar a la meta, no tomando éstos valores en cuenta. Una verdadera competencia desleal. Los amigos, si es que se puede llamar amigo a quien con "ingenua competencia" como usted dice no se compadece de ése que se siente aplastado socialmente por no poder producir, luego de años de dedicación al estudio; que añoraba, seguramente con ansias, el poner sus conocimientos a la disposición de esas "suciedad". Unos, desilusionados como él resuelven fácil sus frustraciones suicidándose, tratan de escapar a estos valores en decadencia, donde quién más tenga, más vale. Prefieren otros escapar en yolas a través del Canal de la Mona, buscar futuro en otras tierras. Pero creo profundamente, que los bajos o aún hondos pozos de frustraciones, donde caemos con frecuencia, no pueden hacernos conducirnos a estados de subestima en que perdamos todo sentido a la vida. Si fuera así, y nos dejáramos arrastrar, muy poca gente viviría. Luchemos, pero para bien, ese debe ser el lema. O es que porque fulano robe debo yo robar, o porque perencejo sea un corrupto y se haya enriquecido ilícitamente, también yo debo hacerlo. ¡No! Tenemos que luchar por planear, crear, organizar un mejor futuro que nos garantice otro tipo de esquema social. Rechacemos estos males sociales, no matándonos o uniéndonos a ellos, sino viviendo y anteponiendo sentimientos y leyes de ética y moral conforme al tiempo en que vivimos... En éstas y otras razones siguió Marcos enardecido, colérico y exacerbado, mientras doña Luisa admirábase y deseaba ardientemente que todos los jóvenes de nuestro tiempo tuvieran tantas convicciones, como éste que servía de ejemplo. Marcos aceptó quedarse en la habitación, luego de un esfuerzo vehemente de doña Luisa por que se quedara, donde según él decía "las consecuencias sociales tuvieron su aborto".
Varios días después, sonó el teléfono con la insistencia en que suena cuando hacemos algo que no podemos dejar. Margarita lo tomó:
- Haló, casa de la familia Ortíz-Díaz.
- Buenos días - respondió una cortés y muy melódica voz al otro lado del auricular -, le hablamos de Empresas Industriales S.A., el ing. Abrahám Mejía envió un curriculum y nos gustaría entrevistarlo, estamos interesados en sus servicios...
Fue interrumpida por Margarita, que dijo con voz solemne:
- Disculpe señorita, pero el ingeniero ha muerto...